No puedo estar más cabreado con los Oscars que ha ganado The Artist. Ni siquiera ganas de argumentar tengo. Así que os dejo directamente lo que escribí hace varias semanas cuando vi la película.
En más de una ocasión he hablado aquí de la fascinación por lo obsoleto de la cultura contemporánea. Uno de los últimos productos de esta retromanía es The Artist, la película de Michel Hazanavicius, que pretende emular la estética y la manera de narrar de las películas mudas de los años veinte contando una historia de amor que tiene como trasfondo la industria del cine y el paso del mudo al sonoro. Un homenaje al cine. Pero un homenaje que es tan sólo una repetición de tópicos, gestos, planos, historias y recursos. Es decir: un pastiche, esa forma privilegiada de la cultura postmoderna según la clásica visión de Jameson.A esto habría que sumar –de modo muy rápido– la hipocresía y tontería de la industria del cine contemporáneo y sobre todo el cinismo de una institución que premia a una película "de bajo presupuesto" y que valora la reducción de medios frente a la supuesta omnipotencia de la tecnología de las grandes superproducciones. Y es que, si lo pensamos bien, decir que The Artist, dista mucho de ser una película low-cost, al menos si se compara con cinematografías emergentes de otras latitudes donde las formas precarias son una necesidad no un estilo refinado y manierizado. ¿Quieren ustedes valorar un cine sin medios para tamizar su complejo de culpa por lo que su industria gasta en grandes producciones? Pues The Artist no es precisamente el ejemplo, sino todo lo contrario. Es la legitimación de que se puede gastar dinero a cascoporro si se presenta bajo la forma de lo precario.
La película no nos dice nada que no sepamos ya, y no lo hace mejor que los originales que «homenajea/fusila». Originales que el autor combina con una ligereza cronológica que llega ya al dislate cuando utiliza la música de Bernard Herrmann. La clave parece ser que todo suene viejuno, a cine del pasado. Es como las películas ambientadas en la Edad Media, que todo tiene que sonar a «medieval»: ponle piedras y vidrieras y algo de musgo en la torre; que la cosa sea gótica, románica o carolingia es lo de menos. Pues con The Artist pasa eso, el director ha hecho una combinación de motivos que suenan a viejo –algunos del cine mudo, otros del cine clásico de Hollywood– y los ha puesto todos juntos. Probablemente, quien no haya visto una película clásica en su vida, quedará fascinado con esa emulación. Pero quien haya pasado horas y horas boquiabierto con el cine del pasado, tendrá la sensación de haber visto ya esa película mil veces y mejor. Y sobre todo sabrá que aquellas películas eran parte de su tiempo, y no este ejercicio retro y vacío que nada tiene que decir a nuestro presente.
