La verdad es que ya tenía gana de decir en una conferencia: "el arte contemporáneo está lleno de mierda". Y comenzar una tras otra a analizar obras de mierda, desde surrealismo a Wim Delvoye, pasando, por supuesto, por Manzoni, David Nebreda, Paul McCarthy o Santiago Sierra. Reconozco que en algún caso la cosa pudo ser desagradable, pero el caso es que lo que empezó como una broma para poder decir finalmente que había dado "una conferencia de mierda", acabó por mostrarse como una vía más que productiva de análisis del arte contemporáneo. La relación de la mierda con lo real lacaniano y lo abyecto es evidente, pero incluso más fructífero es su análisis a través de la economía, de la idea del non-olet, la relación entre la mierda y el dinero, y la mierda como lo real del capitalismo. El arte como mierda que no huele.
Para hacer la cosa divertida, utilicé algo que le he escuchado en alguna ocasión a Fernando Castro y que es una verdad como un templo. La tendencia al color mierda de las formas de arte en la infancia. La mezcla de colores en pintura o en plastilina acaba siempre en el color mierda. No importa que juntes verde con rojo o amarillo, o azul fluorescente. Es lo mismo. Hay un momento en el que se llega al color mierda. Y de allí no se puede salir. Cuando la plastilina alcanza el color mierda, ya no hay salida. Es igual la cantidad de color que pongas. No way out. La mierda permanece y uno no se la puede quitar de encima.Mandar a la gente a la mierda es, en principio, mandarla bien lejos, y mandarla al peor de los lugares. Sin embargo, la mierda está bien cerquita. La mierda nos rodea. Y por mucho que queramos escaparnos de ella, siempre vuelve, una y otra vez. Así que el análisis escatológico es una vía legítima y fructífera de análisis del mundo. Una sociedad se puede conocer según su actitud ante la mierda. Ya Slavoj Zizek mostró algunas diferencias en los modos de tratar con la historia y la memoria en Francia, Alemania y EE.UU. a través del análisis de la forma de sus inodoros.
Está claro que hay que volver la mirada hacia la mierda. Mirarla con detenimiento, acercar nuestras narices y olerla con esmero. Quizá así podamos a realmente llegar a entendernos. El arte, creo, ha sabido perfectamente comprender esto. Y por eso ha sido de los primeros en cargarse en los pantalones.
