Esta novela es muchos libros. Es un libro de historia (la historia de Alemania, la historia política, pero también cultural). Es un libro de filosofía (donde se da un repaso, sólo apto para iniciados -por fin- a la filosofía del círculo de Heidegger, pero también a grandes cuestiones de la tradición filosófica). Es al mismo tiempo una crítica mordaz a la filosofía académica, a la relación de la filosofía con las instituciones de poder y a los peligros de estas relaciones. Y es, en última instancia, un libro de intriga: todo lo anterior está articulado alrededor de una búsqueda, la que emprende el joven argentino Martínez en pos del filósofo Hans-Jürgen Hollenbach (supuestamente cercano a Heidegger), cuyas reflexiones sobre «el principio de discontinuidad» pretende traducir al castellano. La investigación sobre el paradero y la vida de esta figura oscura y escurridiza de la filosofía alemana se aprovecha para ir, poco a poco, construyendo un mundo poblado por personajes complejos y contradictorios que nos hacen conscientes que nunca somos uno solo, y que las fronteras entre lo que somos y lo que podríamos ser bajo ciertas circunstancias son lábiles e imperceptibles.
He leído esta novela mientras releía otros dos libros sobre los que en su momento pasé demasiado deprisa, La máquina de Joseph Walser, de Gonçalo Tavares, y Panóptico, de Ricardo Menéndez Salmón. Obras maestras ambos libros. Leídos de nuevo, he disfrutado si cabe mucho más que la primera vez. Libros breves, pero contundentes. Textos que son como un latigazo, una intervención en la conciencia, y una exploración de cuáles son los límites de la condición humana: hasta dónde debe uno mirar hacia otro lado y conservar su mundo, y hasta dónde puede uno hundirse en el fango para llegar al conocimiento de las cosas. No he podido evitar que estas lecturas condicionasen mi experiencia de El comienzo de la primavera. Y mientras leía las páginas escritas por Pron, veía cruzarse por allí, una y otra vez, a Joseph Walser y a Westenra, los personajes de Tavares y Menéndez Salmón. Y este entrecruzamiento, lejos de pervertir la lectura, la enriquecía y la hacía más compleja. Pero también, al mismo tiempo, este entrecruzamiento me hacía consciente a mí mismo de ser prisionero un cierto «principio de discontinuidad» y de la imposibilidad de ir más allá de las circunstancias, y del azar, y de lo contingente. Y me dejaba claro que en el fondo toda experiencia lectora es arbitraria. Y por eso, mientras pensaba esto, me decidí a escribir esto otro:
«Hay momentos en los que, tras encadenar un gran número de lecturas, uno pierde la noción de lo leído y comienza a confundir personajes, tramas y argumentos de entre todos los libros. Es lo mismo sucede con las películas, que después de ver muchas seguidas (con tres es suficiente) los personajes se nos mezclan y comenzamos a verlos en historias que no les pertenecen. Esa sensación en la que, por lo general, se arma un lío de tres pares de narices y que se acentúa después de un atracón, se encuentra en el fondo detrás de cada una de nuestras experiencias con el arte y la cultura. Y es que, si lo pensamos bien, todo nos recuerda a algo. Todos los personajes remiten a estereotipos que ya conocemos, todas las tramas ya las hemos experimentado en alguna ocasión de una manera u otra. Así, todo funciona como una serie de expectativas que se frustran o se cumplen. Es decir, algo que ya sabemos y que se nos completa (reafirmándolo o contradiciéndolo). No hay, por tanto, experiencia lectora o fílmica (ni tampoco musical), que sea autónoma. Detrás de cada libro/película/música hay mil libros/películas/músicas. Y detrás de cada lectura/visionado/escucha hay también mil lecturas/visionados/escuchas. Y eso que ocurre en la ficción ocurre también en la realidad. Ninguna oración, ninguna sensación, ninguna experiencia es autónoma, todo depende de un contexto que siempre es variable, y sobre todo personal e intransferible. Cuando le decimos algo a alguien, siempre entiende algo más de lo que le decimos, un algo más que remite a una experiencia que nunca podemos conocer del todo. De ahí que al final nunca logremos entendernos.»

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada